LA SERPIENTE QUE NO VENDIÓ LA MANZANA PORQUE PREFERÍA EL CHOCOLATE

Érase una vez una serpiente, tosca y gorda, a la que le fue ofrecida una manzana. Con ella se justificarían todos los males del mundo, todas las acciones ominosas, todos los actos execrables; todo aquello que nos hace humanos. Pero, este reptil era diferente. De haber sido ella quién ofreció la manzana a Eva, todos nos habríamos librado. Pues la serpiente, torpe y rolliza, nunca hubiese elegido ni brindado la dulce fruta. No por su sabor, ni por su aspecto; pues de todos es sabido que una manzana es muy suculenta. Esta traidora y rastrera, rechoncha y ruda, prefería el chocolate.

            Años atrás, siendo ella más pequeña y delgada, cayó en su poder, allá en el bosque, un trozo de bombón. Primero lo olfateó, después lo chupó con su lengua bífida, para más tarde devorarlo con avidez. Desde entonces, aquella culebra, gordinflona y bruta, no pudo olvidar su sabor. Se afanaba en buscar aquel manjar allí donde fuese. Por todas partes indagaba, esperando poder degustar el alimento supremo para ella. Tanto fue así que, lo encontró, y lo comió, una y otra vez, hasta convertirse en aquella visión, obesa y ordinaria, totalmente obsesionada por el chocolate.

            Fue por aquel entonces cuando le ofrecieron un trabajo como vendedora. Debía vender manzanas. Una para ser exactos, y a una mujer en concreto.

—Debes venderle esta manzana a Eva, ese es tu trabajo —Le dijo su jefe —. Si lo haces, tendrás todo el chocolate que desees. 

—¿Por qué no le vendemos bombones? —respondió ella.

—Eres estúpida. Mostrenca y mofletuda, eso es lo que eres.

—No consiento que nadie me hable de esa forma, por muy importante que sea usted. Ni por todos los bombones del mundo aceptaría este trabajo.

            Y fue así, como aquella serpiente, zafia y oronda, rechazó el trabajo de su vida. Y no estaba la cosa como para hacer eso. Así que, llegó la siguiente, menos bárbara y carnosa, y aceptó por mucho menos. No está de más decir que, la susodicha, hizo bien su trabajo, y nos jodió bien a todos.

            Así que, aquella adicta al dulce manjar, se quedó sola, sin trabajo, sin dinero, nada dulce, pretendientes; ni los dientes le quedaron para poder masticar, pues el azúcar se los arrebató. Volvió al campo a lamentarse, con las lágrimas resbalando por su atroz y rubicunda cara, por haber sido tan tonta.

            Aprendió bien la lección: por muy dulce que sea algo, en exceso es perjudicial. Por muy malo que sea un trabajo, siempre habrá otro que se arrastre más que tú, y, además lo haga mejor.

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