Le Désir

Érase una vez un hombre que miraba la televisión el día veinticuatro de diciembre. Eran como las ocho de la tarde, víspera de Nochebuena y, Juan observaba los anuncios comerciales ensimismado. No podía parar de hacerlo. Sentado en su sofá, iba viendo uno tras otro aquellos pequeños espacios comerciales que le metían por los ojos.

            En el primero de ellos aparecía una chica joven y perfecta que anunciaba un perfume. Era guapa, jovial, con la piel tersa y los labios carnosos. Juan envidió a la persona que durmiese con ella, ya fuese cada noche o una sola. Sentía celos, asco e incomprensión. ¿Por qué no podía él tener a alguien así con quien compartir su vida? Era injusto. El spot tocaba a su fin cuando la chica mordía una suculenta manzana, dejando así ver aún más de cerca aquellos labios perfectos. Y la muchacha decía: ¿Por qué tú no puedes permitírtelo? Eso casi le mató. Le hundió en la miseria.

            Acto seguido, empezaba otro. Esta vez de coches. Una preciosa rubia se fijaba en el chico que conducía el deportivo rojo de precio desorbitado, y no en el pobre hombre con gafas y destartalado que llevaba un turismo convencional. «Conduce tu vida», terminaba diciendo la chica antes de subirse al suntuoso vehículo. «Si yo tuviera un coche así», pensó Juan.

            El siguiente spot era de lotería. En él, podías ver a personas realmente amargadas, que compraban un décimo con el que, más tarde, serían agraciados con el primer premio. Era entonces cuando se les veía felices. Navegando en sus yates, compartiendo copiosas y carísimas cenas, viajando por el mundo entero. «La suerte está ahí fuera», decía el tipo normal que había pasado a ser millonario al final del anuncio. «Desde luego no está en mi sofá», rumió Juan por dentro mientras daba otro trago a su cerveza caliente.

            El último de los anzuelos comerciales anunciaba chalets de lujo. Un matrimonio joven tomaba el sol junto a su piscina. Ella con un cuerpo perfecto, él tumbado a su lado mientras ojeaba un ordenador. Dos niños jugando felices en la piscina. «Construimos tus sueños», espetaba una voz en off al final de la ficción. «¿Quién no sería feliz ahí?», se dijo Juan a sí mismo.

            —¡Cariño! —gritó una voz femenina desde la habitación contigua.

            —¿Qué? —respondió Juan con desgana.

            —La cena ya casi está lista. Ayuda a tu padre a poner la mesa. Y obliga a los niños a que colaboren también.

            De pronto, aquel salón cobro vida. Juan se vio rodeado por varias personas: su padre — que estaba en la cocina ayudando a su mujer, junto a su madre y su suegra —, los niños, y su hermana pequeña. Todas aquellas personas aparecieron como por sorpresa, debido al estado de inopia en el que se encontraba Juan minutos antes. El chalet —de dimensiones más que confortables —parecía haber encogido en segundos.

            Juan se levantó del sillón de mala gana, y chequeó su celular. Tenía varios mensajes de compañeros del trabajo, felicitándole las fiestas. Los borró sin leerlos.

            Poco a poco, toda su familia se fue sentando en torno a la mesa. Su preciosa mujer, sus encantadores hijos, sus orgullosos padres, su amable suegra y su hermana. Juan observó la estampa navideña, y le pareció una pesadilla. Se veía a sí mismo protagonizando uno de esos spots, con el cabello al viento, acompañado de una preciosa rubia —su mujer era así —, y tumbado en la piscina de un gran chalet —parecido al que él ya poseía —, acompañado por gente que le adorase —como ya hacían sus padres y sus hijos —, y disfrutando realmente de la vida.

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