CAPITANA MARVEL

No creo que nunca hagan una película sobre su vida, pues no tenía un nombre que sonase muy cinematográfico. Se llamaba: Benita. Y era mi abuela. No adquirió sus súper poderes a causa de la picadura de ningún insecto, ni por haber sido la incómoda víctima de un holocausto radioactivo; le venían de fábrica. Estiraba los euros hasta hacerlos parecer chicles ciclópeos, para dar de comer a las cinco bocas que tuvo que acoger —de buen grado— en su casa. A pesar de no haber recibido ninguna educación, pues tuvo que trabajar duramente desde pequeña, era la persona más amable con la que te podías cruzar por la calle. Le gustaba verme estudiar, o leer, aunque ella no supiese hacerlo. Ver reflejado en sus pupilas, el orgullo de estar posibilitando lo que, a sus ojos, era la evolución de su familia, me bastaba para coger aquellos libros de matemáticas, o ciencias, que, a la tierna edad de doce años, se me antojaban del todo desagradables, y hacer lo que se esperaba de mí. Ella inventó el teletrabajo pues, a pesar de trabajar en casa, lo hacía duramente, pero siempre con una sonrisa. A pesar de todas las vicisitudes a las que tuvo que enfrentarse en su vida, esa era su marca: una preciosa mueca de alegría dibujada permanentemente en su rostro.

            Y es que, no pasa un día en el que no la recuerde. Mi Capitana Marvel, aquella que me enseñó a respetar al sexo opuesto desde la niñez. Porque sus súper poderes se me antojaban del todo inalcanzables, porque, si yo hubiese tenido su vida, habría sido un villano. Ella, sin embargo, pregonaba amor. Lo repartía a raudales. Me salvó de ser el malo de la película, con su sencillez y su omnisapencia. Gracias a ella, hoy reconozco el mundo tal y como es. Lo percibo sin problemas. Feminismo y machismo, siempre fueron palabras descatalogadas para mí puesto que, el secreto de mi abuela sigue a salvo conmigo, porque nunca revelé su identidad secreta. De haberlo hecho, alguien podría haber intentado robármela. Allá donde estés, en tu cielo supongo, volando en pos de alguien a quien salvar, igual que hiciste conmigo, te doy las gracias una y mil veces, por haberme enseñado a respetar y a amar, desde que solo era un niño, todo aquello que compone a una mujer.

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