Súper hipocresía

Miró alrededor. Para él, nada había cambiado. El mundo seguía siendo el mismo. Las calles vacías, como siempre a esas horas de la madrugada, no daban testimonio de lo que estaba pasando. Los contenedores repletos — incluso más que antes — tan solo daban fe de que seguía trabajando.

            Su mujer y él se habían propuesto no ver las noticias, al menos hasta que acabase el confinamiento, pues las crónicas diarias sí que le parecían basura. Preferían hacer uso de las nuevas plataformas televisivas, colmadas de historias post apocalípticas con las que abstraerse de la realidad. Pero, lo cierto era que, estaba viviendo una, que le parecía absurda y poco coherente. Ahora, a él y a sus compañeros, les llamaban héroes. Su mujer y su hijo nunca estuvieron tan orgullosos de él, y sus vecinos le saludaban eufóricos, al verlo pasar uniformado, de camino al trabajo.

            Un mes atrás, había sido despedido por recortes en la plantilla. Estaban a punto de perder su casa cuando todo empezó. Volvieron a contratarle a causa de la insólita situación que se estaba viviendo. Suponía que volverían a despedirle cuando todo acabase, pero ahora era un héroe.

            Cogió la siguiente bolsa de basura, y la echó al camión. Y la siguiente, y la siguiente; hasta vaciar por completo el contenedor. Su uniforme brilló ostentosamente, a causa del reflejo de la luz de la farola adyacente.

            —Parece que aquí hemos acabado —le dijo a su compañero —. Avancemos. Puede que, en la siguiente esquina, necesiten más héroes.

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