Mirlo Blanco

El pueblo ya no es lo que era, decía Manuel. Hablaba en voz alta, para todos los presentes, mientras dirigía su mirada hacía la campiña que una vez albergo un enorme trigal, buscando en su memoria la sombra que daba el viejo olmo que estuvo allí una vez, bajo la cual besó a su mujer por primera vez. Miró el cielo, y amenazaba lluvia. El pueblo ya no es lo que era, repitió.

Sus oyentes, los de siempre. Juanito, el de la tienda de ultramarinos, de más o menos su edad —los años se confunden con el tiempo— y Ramón, el hijo de Pepa. Ambos asintieron sin decir nada. Las palabras de Manuel siempre calaban hondo, como el aliento de noviembre. Allí, en la vieja plaza de nombre olvidado, de casas encaladas con techos desvencijados, de suelo pedregoso y desgastado por el paso de las generaciones, allí seguían los tres.

En el pueblo quedaban cinco personas. Ellos tres, y dos mujeres. Antonia, la antigua maestra, que nunca se fue, y Jacinta, solterona empedernida que vivió con su madre hasta que ésta falleció. No había bares, ni farmacias, ni centros de salud, ni escuelas. No había risas, solo silencio. El arrullo del viento al pasar entre las vigas de los viejos caserones. Para acceder a todos esos servicios debías desplazarte treinta kilómetros, al pueblo más cercano. Allí sí había gente, y políticos, y restaurantes, y bullicio, y vida.

De pronto, Manuel señaló el horizonte.

—Allí —dijo.

—Yo no veo a más de un metro —respondió Ramón —. Mierda de hacerse viejo.

—¡Ya lo veo! —gritó Juanito, con una sonrisa dibujada en su rostro.

—Sí, hay está —añadió Manuel —. Por allá viene volando, entre cielos amenazadores, y sin alas de colores, el mirlo blanco. Por allá viene volando.

Poco a poco, el OVNI se acercó a su posición. Fue descendiendo lentamente, dejando oír ese sonido tan peculiar que hacen las hélices al girar con rapidez, y aterrizó junto a ellos. Era un dron de color blanco, que portaba una caja del mismo color. En su interior, los medicamentos que cada habitante del pueblo necesitaba, debido a los achaques de la edad. El aparato era controlado a distancia, desde el pueblo vecino, por el nieto de Manuel, que era farmacéutico. El joven había decidido formarse como piloto de drones, e implantó un novedoso sistema de reparto entre los abandonados pueblos vecinos.

Los ancianos recogieron las medicinas y, una vez hubieron cerrado el compartimento, el mirlo blanco volvió a despegar, alejándose en el cielo gris.

—Tu nieto es muy listo —dijo Juanito —. Siempre te lo había dicho.

Por su parte, Ramón abrió una de las cajas que le tocaban, cogió una pequeña pastilla y se la llevó a la boca. Acto seguido, sacó una baraja española del bolsillo de su chaqueta.

—¿Una partida?

—Pues claro —respondió Manuel, que aún oteaba el horizonte.

«Vuela alto, mirlo blanco, álzate entre las nubes, camúflate con ellas, y lleva esperanza a las personas. Vuela alto, mirlo blanco», susurró.

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